01. Siete Vidas
02. A través de los sueños
03. Chicas Alegría
04. Sangre
05. El enviado
06. Milonguita
07. Canción Cántaro
08. Amor
09. Playas Oscuras
10. Estaré
ALGUNOS POEMAS de TAMARA DOMENECH
“Familiares”
Dorado
Mi caballo dorado está agónico.
De todas maneras le di su yogurt de vainilla a la mañana.
Lo miro de cerca para que se quede tranquilo.
Me pongo patines de algodón para no despertarlo durante los
ratos en los que se queda dormido.
Mi caballo dorado murió y lo pusimos en un ataúd blanco.
Pero de golpe, nos sorprendió con un relincho.
Alzó sus patas hacia el cielo y fijó su mirada en una estrella.
Murió con los ojos abiertos y el cuerpo expansivo.
Como si deseara seguir caminando.
Tuvimos que construirle esa misma noche otro ataúd.
Porque se negaba a entrar en el que estaba.
Todos fuimos carpinteros esa noche.
Le hicimos un ataúd con forma de estrella, tal cual había quedado
su cuerpo después del último relincho.
La vuelta al mundo
Estábamos felices.
En un descampado de La Plata habían montado un parque de
diversiones cuyos
juegos funcionaban sólo en la oscuridad.
Era de noche y mi papá dijo “las llevo”.
Al único juego que subí fue a la vuelta al mundo.
Quise viajar sola.
En un momento dado, la rueda se paró.
Justo en la cima.
Cerca de la luna.
En ese instante comprendí que la soledad era una sensación fría y
móvil a la vez.
La casa inventada
Mi hermano se adueñó de un terreno baldío, el más grande de
todos, el que además tenía una pileta abandonada.
Construyó un quincho con adobe de quintas cercanas y cemento
de contacto.
Plantó treinta y cinco árboles, uno por cada año cumplido.
Recuperó la pileta y la hizo más profunda.
Adoptó a todos los chicos del barrio que tenían calor y les enseñó
a nadar.
“Ropero”
Vestido de fiesta
Me dijiste “hoy me voy a comprar un vestido para estrenarlo a la noche”.
Y yo te quise acompañar.
Fuimos las dos al centro, encantadas de tener un plan para hacer una tarde aburrida y de mucho calor.
Vimos todas las vidrieras y no encontrábamos nada. La ropa era tan aburrida como habíamos estado las dos antes de salir.
Hasta que en un momento se nos iluminaron los ojos.
Vimos un vestido con fondo rosa y arabescos de colores. Tenía volados en las mangas y una cinta en la pechera.
Era hermoso.
Cálido.
Alegre.
Nos hizo cambiar el humor.
Nos renovó.
Vos dijiste: “es mío. Yo dije primero que me quería estrenar algo para hoy a la noche”.
Entramos al negocio, te lo probaste y te quedó precioso.
Te lo compraste y te llevé a tu casa.
Me quedé pensando en que a mí también me hubiera gustado estrenarme algo tan llamativo a la noche.
Al otro día, cuando hablamos por teléfono me contaste que tu fin de año había sido genial por el éxito del vestido.
Me dijiste “ahora sí, te lo presto cuando quieras”.
Pero, agregaste al pasar “se manchó y se quemó un poquito con ceniza de cigarrillo”.
Me prestabas eso, un resto festivo.
La minifalda verde oliva y la remera azul
Mi prima me pasó su minifalda verde oliva porque le quedó chica.
Había heredado algo hermoso sin que muriera nadie.
Como no tenía nada para ponerme arriba, mamá me había comprado una remera azul con tres botones a la altura del pecho, que desde la primera lavada, se oxidaron.
Con el conjunto usaba unos zapatos náuticos marrones de hombre.
Para mostrarme sorpresiva.
Me pintaba los ojos con dos líneas negras que se fugaban por la cien al horizonte que siempre estaba atrás mío.
Me sentía intensa con esta ropa.
Era un árbol joven que sabía que iba a morir.
El jumper azul marino
Estaba embarazada.
Mi cuerpo crecía para abrirle paso a otra criatura.
Era una topadora, un volcán, una grúa escalofriante.
Tenía la fuerza que imponen las máquinas.
La certeza para agujerear el piso y parir.
Como no tenía ropa acorde a la transformación, una amiga me prestó un jumper de corderoy azul marino que ella se había comprado veinte años atrás.
Andaba con el jumper para todos lados.
Iba al super, al gimnasio, a ver danza.
Parecía una Sarah Kay adulta.
Vintage por necesidad.
Una ballena que saltaba por el asfalto.
El azul marino me daba fuerzas y el corderoy me abrigaba aunque hiciera mucho calor.
Yo necesitaba tener a punto los motores, estar cachonda, a tiro para cualquier eventualidad.
De un momento a otro ocurrió lo peor.
Empecé a caminar liviana, el vestido me quedaba flojo, las piernas ya no se asían al suelo.
Había dejado de ser una grúa para convertirme en una retama. En una pichincha.
Se cayó el almohadón de cal de la panza.
Polvo a mi alrededor.
Un pic nic de colibríes me taparon las nalgas con el único amuleto que llevaba.
El jumper de corderoy azul marino, después, se transformó en un colchón para lo que había parecido una fantasía inimaginable: una ráfaga de corriente eléctrica que vino y se fue.
Las bombachas de campo
Una tarde, un amigo me dijo “¿sabés que tengo mucha ropa para regalar? ¿querés pasar por casa para ver si te quedás con algo?”
“Me encantó. Gracias por tenerme en cuenta” le contesté.
A las cuatro y media más o menos, fui a su casa caminando.
Cuando llegué no lo podía creer.
Nunca había visto tanta ropa junta para regalar.
Toda era de hombre.
Porque mi amigo vivía con sus dos hermanos y su papá.
Vivía en una casa sin ropa de mujer.
No se acordaba de ninguna prenda de su mamá.
Ni del camisón, ni de una bombacha, ni de ningún abrigo.
Nada.
Desde que su mamá no vivía con él, no se acordaba qué ropa usaba.
Le dije que no podía ser. Que hiciera un esfuerzo.
Pero no quiso. Prefirió no esforzarse. Me dijo que yo había ido para otra cosa.
Y tenía razón.
De la montaña de ropa que había sobre la cama para regalar, saqué un pantalón.
Era una bombacha negra de campo.
Preciosa.
Con muchos botoncitos en la bragueta.
Me la probé y me quedó pintada.
Como estaba gorda, la bombacha me quedaba semi ajustada.
Entonces me sentía una gorda sexy. Una gorda con cojones.
Volví a casa caminando.
Contenta. Como si hubiese ido de compras.
Era de noche. En la casa no había nadie.
Aproveché.
Fui al cuarto de mi mamá a probarme de nuevo el pantalón.
Fui ahí porque hay espejo.
Y cuando me estaba abrochando la bragueta me dejé llevar por un arrebato. Un hombre a caballo se apoderaba de mí y no me sentía sola nunca más.
“Las Elegidas”
I-
Somos las elegidas.
Nos da un poco de miedo.
Dormimos juntas, nariz con nariz.
El calor nos descansa las manos, las ideas, los sueños.
Escuchamos a gente cantar.
Muy fuerte.
Descansan en nosotras.
Sentimos rabia.
Nos maravilla.
Nos abrazamos y construimos una heroína.
Tenemos alas muy grandes, con la cara de Mickey;
los pies con rueditas,
collares milagrosos,
que al juntarse
salvan a los niños que se tiran de los árboles.
II-
Empezamos a caminar sin rumbo fijo.
Tenemos pocas cosas en mente.
Sólo la necesidad de hallar finales.
Pero cómo vamos a encontrarlos si no recordamos exactamente lo que soñamos.
La mente blanca, cálida, vaciada, ahora es la casa de un grillo.
Caminamos toda la mañana, escuchando su concierto a destiempo, rebelde, en nosotras,
un preludio para el recuerdo de lo soñado.
La música encantada para evocar la señal que desencadene todo lo demás.
Dejamos a cada paso una letra.
Un número.
Cuando volvamos por el mismo camino,
vamos a leer el poema que nuestros pasos escribieron de la mano de un insecto cantor.
De animal que llama a otro animal.
Un poema entre animales.
Nosotras, brillamos de contentas, porque somos las elegidas, las intermediarias del mensaje.
Lo transportamos para descubrir la entonación exacta.
Nos detenemos,
la poesía se interrumpe.
Vemos la cabeza de un gorrión arrancada del cuerpo.
El pájaro muerto, con los ojos cerrados y una ramita viva, todavía verde en la boca.
A partir de ese momento, recordamos el sueño que mamá interrumpió con el ritmo del volumen del televisor.
III-
Caminamos buscando finales
y nos perdemos.
Vemos a unos chicos andar a caballo,
tienen el pelo suelto y camisas desabrochadas.
De sus bocas nacen unas plantas que nunca habíamos visto antes.
Tienen un tallo negro, hojas rosas metalizadas y flores amarillas muy pequeñas.
Queremos tener una corona, ser sus princesas.
Corremos muy rápido hasta alcanzarlos.
Nos miran con desprecio, porque interrumpimos algo muy íntimo, el nacimiento de sus plantas.
Les regalamos caparazones de jacarandá que juntamos por el camino con monedas de cinco centavos adentro.
¿Podemos ir con ustedes?
Viajamos juntos y vemos un gato con la patita quebrada, una pareja llorando, palomas transparentes, trozos de carne abandonados, cementerios coloridos, una señora tirar su alianza de casada desde un décimo piso.
Cada detalle se acerca a nuestro bosque en carrito, al planeta silvestre, inventado.
IV-
Sacamos un conejo moribundo y lo resucitamos con un vestido hecho de flores.
En el fondo de la bolsa hay pan crocante.
Lo cortamos en diez pedazos.
Uno es para el conejo, otro para vos, otro para mí, otro para mamá, otro para papá, otros dos para nuestros maridos, otros para las palomas.
Todos nos quedamos con hambre.
¿Seríamos capaces de matar con esta espada a alguien para comer?
Chispitas saca la espada contra el asfalto.
En las manos sentimos la retaguardia del calor.
Con él trazamos una línea divisoria.
Vos, espada estás ahí, en la cima, cerca de las nubes.
Nosotras acá, te miramos con admiración.
V-
A las siete de la tarde lo que más nos gusta es estar tiradas en los sillones del fondo y mirar la televisión.
Bajo las estrellas.
Somos las intermediarias entre las ondas.
De la luz.
Arriba y abajo.
Nos traspasa un volcán sonoro que aturde y deja tibias.
La mente apaga sus poemas.
Los convierte en pokemones cariñosos para que los hagamos dormir.
Somos las madres de nuestros poemas, las permisivas, sin problemas.
Los abrazamos muy fuerte.
No nos avergüenza decir que así la oscuridad se pasa mejor.
A veces, se ponen a llorar porque prefieren escribir.
Ayer, a uno de ellos se le dio por escribir un poema televisivo.
Cortó imágenes, las mezcló con el sonido de la noche y se lo dedicó a una constelación que teníamos arriba nuestro.
El poema fue un hermoso turbante que nos mantuvo comunicados con la energía del cielo.
VI-
Llevamos los poemas a la televisión.
La audiencia no puede entender cómo nos aceptaron así no más.
Sin carpetas, sin antecedentes, sin demos.
Somos lindas, mágicas, valientes.
Si nos rechazan, probamos suerte en otra parte.
Lo nuestro no es el odio, sino el encantamiento.
La audiencia se asusta cuando no ve palabras.
Nos tiene miedo.
Porque prescindindimos de las palabras.
Escribimos poemas para que se pre-sientan.
Los sonidos, los conceptos y las imágenes pierden sus fronteras.
Es como si se estuvieran gestando todo el tiempo.
Son cataratas, paisajes mutables, oníricos, inmensos.
Nada definitivo.
Somos alegres.
“Poemas en el jardín”
I-
Tenemos calor.
Y como no podemos llenar la pileta porque está resquebrajada,
usamos la manguera para inundar el jardín.
Gracias a las medianeras de los vecinos que contienen el agua,
podemos nadar.
Nuestras cabezas embarradas buscan el aire.
Pero lo hacen a medias
porque nos encanta abrir los ojos en el agua turbia, sabiéndonos en nuestro río inventado.
En un momento dado,
la pileta jardinera empieza a levantar sus ramas escondidas.
No habíamos contemplado que en las profundidades del jardín estaban enterrados nuestros animales.
Seguimos nadando sin miedo.
Al otro día, cuando el agua cesó, salimos al jardín
y vimos nuestros retratos hechos de huesos.
Nos conmovió el obsequio.
Los animales habían dibujado nuestras caras tal cual las habían visto debajo del agua.
Enormes.
Amigas.
II-
El ciruelo está muerto.
Sin embargo, queremos que vuelva a amamantar a todos los chicos del barrio.
Entonces compramos ciruelas y las ponemos adentro de unas bolas de navidad.
También compramos campanas y las ponemos adentro de las ciruelas, adentro de bolas de navidad.
Adornamos la muerte con la vida.
Todos juntos hacemos estrellar las bolas de navidad contra las ventanas.
Las campanas suenan muy despacio porque casi no hay viento.
Nos sentamos debajo de la esfinge protectora y saboreamos una a una las ciruelas coloradas, mientras escuchamos de fondo los sonidos de la reencarnación que imaginamos.
III-
Nos sentimos extrañas.
Un poco oscuras,
atravesadas por un rayo de luz.
Vamos de un lado al otro del jardín
sin entender demasiado qué nos pasa.
Estamos ansiosas,
dulces.
No somos dueñas de nuestras emociones.
Alguien adentro produce lo que nos pasa,
a su hora.
Estamos listas para llorar.
Pero de golpe cantamos una canción inventada.
La noche y la extrañeza hacen que nos comuniquemos de punta a punta a través de un hilo de voz carnal.
Estamos poseídas por un coro antiguo.
Cantamos cada vez más fuerte sin saber lo que nos pasa.
La voz que hay adentro de nosotras nos lleva al mismo sitio.
Nos encontramos.
Y apuradas rasgamos la tierra hasta dejarla lisita.
Estamos por poner un pie adentro.
Nos damos cuenta y nos ponemos cariñosas, olfativas.
A nuestro alrededor, la perra.
Con nosotras dos, cantando.
Las tres a tiendas, vamos llamando a sus cachorros.
Vos te quedás con uno en la punta de la lengua.
Lo lamés con ternura animal.
La perra hace una fuerza desgarradora.
Y ve las estrellas.
Pobrecita.
Yo la ayudo con mis manos.
Las tres adoptamos a sus hijos
y nos convertimos en madres,
en el jardín de la noche.
IV-
En el jardín hacemos una gruta con pájaros de colores.
En el subsuelo ponemos la cama.
En el primer nivel, dos sillas y una mesa con un florero en el medio.
Más arriba, en un costado iluminado sólo por la noche, a todos los árboles amigos, arrancados por amargas tormentas.
Más arriba, en el otro costado, al resguardo del sol, una caja con un par de semillas.
En el pasillo, pedazos de cosas que fuimos encontrando en el camino:
Un caparazón de tortuga, dientes de liebres muy antiguos, flechas de bestias milagrosas.
En el piso diez de piedra, todos los sueños cumplidos.
En la piedra número veinte, en hilera, la tarea por realizar.
En la cima de la pagoda animal, en el interior, calor acumulándose.
Afuera, nosotros con los pájaros cantando muy fuerte.
“La 36”
I-
Descubro quién soy estando afuera.
Los árboles ahí.
El sol allá.
Adelante el infinito.
Los animales galopan,
los animales tranquilos.
Entiendo todo.
II-
Con el silencio protagonizo un nirvana
de chozas, alambres, trapos que gritan al viento mantras manuales, aljibes, bolas de pasto sin tragar, peinados soñados debajo de las gorras, manos ajadas que cocinan y sirven la comida en patenas.
III-
Me gusta cuando en la 36
vamos el viento,
nosotros,
y los pájaros en una misma dirección.
Cocemos el porvenir buscándolo por todas partes.
IV-
Estoy por cruzar.
Miro para los dos lados pero mi cabeza sigue en un pensamiento anterior.
Choco contra un auto azul.
Me dejo atravesar por una nube de hierro que ejecuta una música experimental con los huesos, mientras mis lágrimas cantan desaforadamente.
Me doy vuelta con mucho dolor.
Miro el asfalto.
¿Quién soy le pregunto a la ruta?
No puedo todavía mover el cuerpo pero con mis manos agarro lo que el viento, supongo, arrastró hacia mí: unas pajitas rayadas blancas y rojas, unas tapitas de gaseosa azules, negras y amarillas y unos bollos de papel.
Compongo mi rostro con esos obsequios.
Sé cómo es mi cara aunque no sepa mi nombre.
V-
Cuanto más rápido va mi auto interior
mejor puedo contemplar lo que crece alrededor mío.